viernes, 26 de noviembre de 2010

¿Cómo saber...

si el viaje mereció la pena? Para mí, la respuesta está clara: si las emociones me ambargan al terminar la travesía e impiden que organice mis ideas al respecto, tiñéndolas de tanto color emocional que ni puedo describirlas, entonces, el viaje mereció la pena.

Me sucedió en Estados Unidos, fundamentalmente en Las Vegas y en Nueva York; también, y muy fuertemente, en Auschwitz, Polonia, y, por supuesto, en Egipto.

Evidentemente, vistos los ejemplos, las emociones no tienen que ser del todo positivas, tales como el asombro, la curiosidad saciada o la felicidad por la aventura superada. También pueden ser el dolor profundo, la angustia y la desesperanza. En cualquier caso, son emociones muy intensas que afirman la vitalidad de la existencia que un viajero reconoce en sus viajes.

Es "quedarte sin palabras" lo que mejor describe la idea. Una frase horrible para un escritor. Sólo el tiempo permite que las palabras lleguen a la boca o a la pluma y que muestren a otros, con mayor o menor acierto, las emociones que semejantes lugares me han provocado.

Por lo tanto, el viaje a Egipto, viendo todo lo que he tardado en escribir su crónica, ha sido uno de esos que merece la pena realizar, un lugar que hay que descubrir levantando con tus propias manos el telón de su realidad para que el verdadero Egipto penetre en todos los sentidos. Y, si es posible, regresar.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Combate cuerpo a cuerpo

Me habían avisado pero se quedaron cortos. El asedio era constante. En cuanto pisaba tierra firme, las hordas se abalanzaban sobre mí con sus mercancías y sus estrategias agresivas de marketing. Me cortaban el paso, me rodeaban entre varios, me tocaban... invadían mi espacio
vital sin haber sido invitados, con sus pasminas, sus bustos de Nefertiti y sus escarabajos de la suerte. Me sentía intimidado, coaccionado, preso de una febril invasión de la que apenas podía librarme.

-¡Sólo mirar! ¡No agobia! -repetían ellos su cantinela mentirosa.

Yo quería escapar porque les odiaba. Se me hinchaban las venas del cuello y se me dilataban los ojales de la nariz. Necesitaba más sangre y más oxígeno para el combate.

-¡Pasa aquí, yo engaño poco! -reconocían otros y su desfachatez me soliviantaba.

Me sentía como Leónidas contra el ejército persa pero miraba detrás mío y no veía a los 300 espartanos.

Sin embargo, con ignorarles, con un "no, gracias", con un hábil movimiento de cintura, era suficiente para lograr la victoria, aunque yo sentía que si me paraba, el combate cuerpo a cuerpo tendría que ser, inevitablemente, a muerte.

Sin duda exagero, que no es para tanto, aunque en el terreno, sobre la arena de la lucha, al bajar del autobús, al salir del templo, al anticipar el griterío de los combatientes, se me antojaba una pelea despiadada por sobrevivir en un medio hostil y desconocido.

Regatear se convertía en una lucha titánica en la que, vencedor o no, había peleado hasta la extenuación para ahorrarme... dos euros. Después, me sentía ridículo, aun más porque, fuese cual fuese el precio final pagado, siempre me marchaba con la certeza de haber sido timado.

En el fondo, creo, que todo se reducía a una cuestión de autoestima.

De todo esto no tengo pruebas fotográficas. En mi piel no se marcó cicatriz alguna. Éramos actores y yo no supe interpretar mi papel. Una sonrisa habría bastado para ahorrarme mis berrinches. Aun así, sólo de recordar las refriegas se me encienden las bilis y se me afila la mirada. Brrrrr.

La hazaña de la UNESCO

El barco se desliza con suavidad alejándose de las piedras a las que estuvo amarrado. Los cuervos nos revolotean con su mal augurio por mí ignorado y, por lo tanto, inofensivo, testigos de nuestro paso. Las aguas del lago Nasser reflejan los rayos del dios Ra y, más allá, el desierto nos abraza.

Abandonadas quedan en la orilla, comidas sus orugas por el lago y el óxido, las grúas que salvaron los templos de la inundiación que supondría la construcción de la presa de Asuán.

Fue un esfuerzo colosal de la UNESCO, que movió templos enteros, de dimensiones fabulosas, para salvar la Historia de todos, lo que demuestra, una vez más, que cuando el ser humano quiere, es capaz de, unido, lograr grandes hazañas. ¿Llegará un día en que tanto esfuerzo, tanta memoria, sea destruida y sólo el viento que recoge las arenas sea el visitante del olvido?

Navego por las plácidas aguas del lago, de templo en templo, pisando las mismas piedras que aquellos que las levantaron, bajo el mismo sol, y me siento inmortal pues otro viajero seguirá mis pasos y tendrá los mismos pensamientos mientras en sus pupilas se refleje el mismo paisaje y el mismo aire cálido sonroje sus mejillas.

Lugares sagrados para ellos, los antiguos, que les prometían y auguraban el tránsito a una nueva vida mejor; lugares sagrados para nosotros, los actuales, que nos recuerdan que ese anhelo de una vida mejor es lo que impulsa a los pueblos a levantarse cada amanecer hasta la llegada del ocaso y cuyo intermedio se alimenta de deseos y promesas de felicidad, de sudores y fracasos, de sonrisas y esperanzas, de fe y de razón... de sueños.

Un paisaje ocre e inmóvil que invita a meditar, que me sitúa en el espacio y en el tiempo y confunde ambos. Majestusoso es su silencio. Observa mi transcurrir minúsculo y en grande lo transforma y me siento hermoso cachorro humano al admirar la obra de los antiguos, cuya sangre, de algún modo, biológico o fantástico, corre también por mis venas.

Su altiva mudez no es silencio sino la grave y conmovedora voz del cuenta cuentos inmortal.

En el vuelo de regreso

Vuelo sobre el Mar Nuestro que apenas vislumbro tras una gruesa capa de nubes, otro mar cambiante, multiforme y etéreo. ¿Por qué pienso que es como la vida?
Entre ellas se abre algún claro tenaz para mostrarme la blanca línea de la estela de un navío, otro ritmo, otro suceder, otro tiempo que transcurre de otro modo, otro ir de aquí a allá. ¿Por qué pienso que es como la vida?

Sé dónde estoy en este microcosmos, asiento 23 K de un avión de Egiptair, que se desplaza a 800 km. por hora por el cielo a once mil metros de altitud y a mil kilómetros de Madrid, ciudad destino. Sé dónde no estoy en este microcosmos, pues los datos anteriores, en lo que me llevó escribir estas líneas, han cambiado. ¿Por qué pienso que es como la vida?

Abu Simbel

Mi mujer está sentada en una tumbona en la cubierta del barco, navegando en plácida travesía por el lago Nasser. Veo su perfil y es inevitable pensar en la elegante esfinge que, aunque inmóvil, todo parece verlo: este brumoso cielo azul, la cercana línea del rocoso desierto, el intenso gris de las aguas del lago y el inminente descubrimiento personal de Abu Simbel.

Las páginas que ella lee, ambientadas en un momento concreto de la Historia de Brasil, se hermanan con las páginas que contemplo con mis ojos en mi correspondiente punto histórico de Egipto. Así, el globo terráqueo se confunde, se funde y se convierte en lo que no debe dejar de ser nunca: unidad... verdad.

El inicio de la travesía, de un viaje, no atrae con tanto poder como la llegada al destino, el momento culminante y espectacular. El fin es el atributo; el comienzo es la anécdota, aunque sin viaje esos dos momentos no existirían.

A lo lejos se adivina, en una mancha más clara del horizonte lo que promete ser una formidable sorpresa. Y resulta ser una promesa incumplida porque "formidable sorpresa" no alcanza a describir la majestad del encuentro con Abu Simbel.

Policías y más policías

Los sociólogos que estudian la percepción subjetiva de la seguridad o inseguridad ciudadana debaten sobre el efecto positivo o negativo de la mayor o menor presencia policial en las calles (¡Toma conjunciones!). En Egipto no debe haber sociólogos interesados en este tema o, simplemente, lo tienen tan claro que deslumbra la evidente conclusión a la que han llegado. La proporción entre policías y turistas visibles parece ser aplastante a favor de los primeros.

Por supuesto, en cualquier lugar con interés turístico del país, aunque sea menor, hay muchos policías, algún vehículo y parapetos de hierro listos para un tiroteo con armas automáticas. Si, además, el enclave turístico es destacado, resulta imposible hacer una foto en la que no aparezcan armas o uniformes.

En los cruces, en los colegios, en los hoteles, en los restaurantes, en los templos, en los edificios oficiales y oficiosos, en los mercados, en las avenidas importantes y en las callejuelas. ¿Qué pasa? ¿Tantos hay? Pues tantos debe haber.

Van con cada grupo de turistas. Si se baja un grupo del barco para visitar unas ruinas, entre uno y cuatro le acompañan. Normalmente, uno de paisano, pero con metralleta al hombro, y varios de uniforme. Es verdad que lejos de la capital, aunque el número de policías que vigila y custodia la memoria milenaria de tanta piedra tan bien amontonada no disminuye, su aspecto se deteriora. Los uniformes están desgarrados, las botas no tienen cordones y parecen peces boquiabiertos, aunque todos, sin excepción, portan fusil.

Alguno, incluso, abre una valla metálica para permitirte hacer fotos que a los demás está vedado a cambio de una moneda, pero si me preguntan sobre esto, lo negaré ante el juez. También negaré que he visto a los guías deslizar en los bolsillos de algún policía un billete para, supongo, obtener un mejor y más rápido acomodo de sus grupos de turistas. Como todo en Egipto, parece que también los policías se buscan la maña para ganarse la vida y yo no voy a ser quien critique eso.

También asumo la incomodidad que supone el haber sido cacheado (algunas veces con mosqueante intensidad en las palpaciones) innumerables veces, y el haber cruzado por infinitos arcos de detección de metales y haber introducido mi mochila por incontables cintas de rayos x.

Pero no encontré ningún sociólogo que me preguntara si me sentía más seguro... o más intimidado.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Egipto: sillas

Jamás y en ningún lugar había visto tantas sillas solas... en la calle. De plástico, fundamentalmente, pero también de hierro, de mimbre, de dirección, de todo tipo. Eso sí, la inmensa mayoría desvencijadas, amputadas y maltrechas, aunque incómodamente operativas, funcionales, convalecientes de sus múltiples afecciones anatómicas.

Están en la calle y no precisamente formando parte de la escrupulosa formación militar de una deliciosa terraza de restaurante a cielo abierto. No, son sillas solitarias. Las he visto en mitad del desierto, en garitas de soldados, en las esquinas de todas las calles, en las entradas y salidas de los edificios, en medio de un patio o de un pasillo. Por doquiera que mire, se encuentra una silla.

Su función es la propia de una silla, dar apoyo y sostén al cansado, pero en Egipto, además, sirven al Gran Hermano vigilante, porque allí siempre hay alguien vigilando. De uniforme o de paisano, policía o espía, curioso o cotillo.

No son sillas para dar reposo al caminate, entre otras cosas porque su deprimido aspecto material desaconsejaría tan solidaria función. Son el aviso perenne de que en Egipto, donde las patas de una silla, y a veces también el asiento, llegan hasta el suelo, alguien vigila, alguien sabe de ti y de mí, sigue nuestros pasos con la mirada y nos ve perdernos en la distancia, sabedor de que, poco más allá, habrá otra silla y otro vigilante, otra silla y otro vigilante, otra silla y otro...

sábado, 13 de noviembre de 2010

Egipto: la Esfinge

Se desmorona. No quiere verse el rostro desfigurado. Se le cae la piel de piedra y su preciosa melena de deshace.

Ella es el perfil, la mirada atenta, al frente, decidida, la barbilla alta, la espalda recta, las patas bien posadas.

Los turistas le ponen gorras en perspectiva. Ella ni se inmuta. Escolta a las Pirámides con su escrutadora altivez. León con cabeza humana combinadas sentencian su majestuosidad.

Hipnotizado marcho con sus ojos en los míos. En cuanto anochezca la imaginaré posando su rostro entre las patas delanteras para soñar que su eternidad no durará tanto tiempo, porque un mar de arena la protegerá del frío y del hombre mientras, poco a poco, se disuelve en la leyenda del desierto infinito.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Egipto: Las Pirámides

Las Pirámides se recortan contra un cielo gris, asfixiante de tan contaminado. Es el cielo de El Cairo (sorprende lo cerca que están de la ciudad, una ciudad que avanza vorazmente). Resulta chocante como estas estructuras piramidales, tan sólidas y elegantes, parecen fuera de lugar entre tanto autocar repleto de turistas ansiosos por subirse en sus pétreos lomos, por hacerse fotografías en perspectiva para dar ilusión de que son un juguete, como esas piezas geométricas con las que los niños pequeños aprenden las formas y a coordinar sus torpes movimientos.

Hay preparados miradores para los mirones donde no se esconde la basura y ejércitos de agresivos vendedores exhiben sus mercancías de dudosa calidad.

Apenas hay tiempo para pensar en lo que se hace o se ve en aquel confín de la Historia con mayúsculas. El acuciante horario de la visita, el turista que te precede y el que te sigue no te permiten situarte en el momento presente. Sólo actúas; después reflexionas sobre lo actuado.

Penetro en una de las pirámides por un conducto muy estrecho. Llevo la espalda encorvada unos 90 grados. Hace un calor tremendo en la galería. Bajo hipnotizado por los listones de madera que ejercen de peldaño. A pocos centímetros de mi cara, el culo del turista que tengo delante. El que tengo detrás tiene el mío como paisaje, un buen primer plano supongo. Trato de no pensar en mi claustrofobia. Es como no querer pensar en un elefante blanco. Y sigo bajando y bajando, diríase que al infierno, de tanto calor como hace en el estrecho túnel.

Me adentro en las entrañas de piedra de la colosal tumba, aunque sé que al fondo no hay ningún faraón enterrado, ni hay fabulosos teosoros junto a su sarcófago. En realidad, no hay nada. No alcanzo, pues, a imaginar la ansiedad del primer saqueador de esta prodigiosa estructura.

En cuanto puedo, doy la vuelta. sudo a mares. Salgo al aire libre. Casi parece que hace fresco. Aún no soy consciente de que he penetrado en el secreto milenario, la gruta escondida, el refugio de la memoria. No he captado ninguna energía especial y no me siento afectado por maldición alguna. Cuando caigo en ello, reconozco que no he hecho sino lo que tantos otros: mancillar lo que se construyó para no ser mancillado.

Me alejo de ellas. Ahora las veo en una amplísima panorámica. Las Pirámides de Egipto. Tengo la certeza de que no les gusaría ver en lo que se han convertido. Pero siguen siendo tan hermosas...