miércoles, 20 de octubre de 2010

Egipto

Estuve en Egipto.

Ahora que las llamas son ascuas, puedo narrar un viaje extraordinario y si bien es verdad que carecía, en principio, de ese matiz de aventura e incertidumbre propio del destino geográfico puesto que estaba organizado al noventa por ciento por una prestigiosa marca comercial, no es menos cierto que implicaba la inmersión en una cultura muy diferente a la mía y teñida en cualquier caso de la magia y el misterio que pocos nombres como el de Egipto pueden ofrecer.

Y no me ha defraudado en absoluto. Antes al contrario. Me ha ofrecido mucho más de lo que esperaba y en todos los sentidos. He regresado con las pupilas saciadas de paisajes; mi piel ha saboreado el tacto del Nilo y de la arena del desierto, paladeé sus especialidades culinarias sin enfermar y mis oídos recogieron el frescor de sus mercados. Del olfato no digo nada porque sólo uso la nariz para sujertarme las gafas de sol.

Mi sed de Historia se vio colmada y la curiosidad que despertaban en mí sus gentes. La adrenalina corrió por mis venas a través del tráfico de El Cairo y pude constatar las contradicciones de un país con una compañía aérea ejemplar pero que utiliza aún el burro y el ternero como medio de locomoción. Entablé combate con sus comerciantes por unos pocos euros y también con los turistas japoneses por un espacio limitado para tomar fotos. Guardé silencio en sus templos y escuché a cuantos oriundos quisieron hablarme y compartir su hermoso país conmigo.

Hice amigos, la mejor excusa para viajar.

Sí, ahora que las llamas son ascuas, puedo narrar un viaje extraordinario. Voy con él, pero por partes. Continuará...

domingo, 3 de octubre de 2010

Egipto

Estuve en Egipto...

y vengo tan alucinado que necesito un tiempo para digerir la experiencia y poner en orden todo lo que aún conservan mis pupilas y mi cámara de fotos.

Creo que el texto dará para mucho más que una reseña en este blog, pero informaré del soporte, del medio, del modo... de cómo quede y dónde.

Estad a la espera, por favor. Os lo agradezco.

martes, 26 de enero de 2010

El Madrid Literario

Estuve en El Madrid Literario, una ruta deliciosa por el Madrid en el que dejaron sus huellas los inmortales Miguel de Cervantes, Lope de Vega y Francisco de Quevedo.

De la mano de Fátima y Enrique, de Explora lo Desconocido (http://www.exploralodesconocido.com/), recorrimos en algo más de dos horas(con un frío que pelaba) las calles del Barrio de Las Letras, en la zona de Huertas. Visitamos la casa de Lope de Vega, convertida en museo, con los muebles de su época y con una magnífica imagen de su estudio de trabajo. Con las explicaciones de una entregada guía que disfrutaba contando tanto como nosotros escuchándola, nos trasladamos al Siglo de Oro Español dando cuatro pasos.

Cerca está la casa de Quevedo, que antes fue de Góngora. Conocimos su historia, disfrutamos de sus versos y nos sonreímos con su acidez.

Después fuimos tras Cervantes, hasta el convento donde se encuentran sus restos, para acabar con la sorpresa de descubrir las dos imprentas (donde estuvo la segunda se alza ahora un edificio de viviendas y sólo avisa del hecho una placa conmemorativa) donde vieron la luz las dos partes de la novela por excelencia de la literatura española, el Quijote. Se leyeron fragmentos de la novela en plena calle, algo que tiene su atractivo y que nunca había experimentado.

Acabamos en la taberna más antigua de Madrid tomando un vermut de barril.

Lo dicho, una excursión deliciosa para amantes de la literatura clásica, recomendable para los que amen las letras y para los que quieran descubrir un Madrid que, de tan cerca, resulta un gran desconocido.

domingo, 11 de octubre de 2009

Un búnquer en Berlín

Estuve en un búnquer, en Berlín.

Guiados por un simpático voluntario de origen latino, miembro de la Sociedad para la Investigación y Documentación de Estructuras Subterráneas de Berlín, recorrimos un espacio único y sensitivo.

La citada asociación mantiene e investiga sobre las construcciones subterráneas de Berlín, principalmente derivadas de la Segunda Guerra Mundial, aunque no exclusivamente. El experto estuvo prolijo en explicaciones. Al fin y al cabo, éramos cuatro quienes le acompañábamos, algo muy diferente de los treinta o más que suele manejar en sus excursiones habituales. Tan escaso número nos permitió un viaje a placer, cercano y amigable.

Así, nos mostró un nuevo engaño del gobierno nacional socialista a su propio pueblo, haciéndoles creer que se alojaban en búnqueres donde estarían a salvo de los bombardeos, siendo ésto imposible dadas las dificultades de la ciudad de Berlín para construir, debido a sus capas geológicas, bajo su superficie. Quedaban claras las artimañas psicológicas para que la población se sintiera segura, así como la astucia que había que desarrollar para mantener vivas y con cierta esperanza a miles de personas que se refugiaban en los subterráneos huyendo de las bombas.

Entre muchísimos objetos de la guerra, perfectamente conservados, pudimos contemplar los retretes de serrín, los ficheros de los soldados esclavos rusos, los materiales "didácticos" para los niños, las salas donde aguantaban entre bancos a la medida establecida los ataques de los aliados y los rusos, sus literas, sus enfermerías, sus sistemas de aireación aprovechando el paso de los trenes del metro, restos de armas y uniformes, etc.

En definitiva, un viaje asombroso por un mundo oculto bajo nuestros pies y en el que los seres humanos desarrollaron un modo de sobrevivir al desastre que supone perder una gran guerra.

Si se va a Berlín, es una visita obligada.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Berlín

Estuve en Berlín.

Y me encantó. Desde el momento en que llegamos, la ciudad mostraba y demostraba una vitalidad maravillosa. Quizá, tuvo mucho que ver con ello que se estaban celebrando los mundiales de atletismo en la ciudad del oso, pero, aún así, daba gusto pasear por sus amplísimas avenidas, o por las escondidas calles llenas de encanto, siempre rodeados de gente de buen humor y ganas de disfrutar de la urbe.



No dejamos nada por visitar. El hotel estaba situado en plena Plaza de París, es decir, a veinte metros de la puerta de Brandeburgo. Muy cerca, la Plaza de Postdam, con edificios increíbles y con el semáforo más antiguo de europa. No muy lejos, Check Point Charly, paso fronterizo entre las dos Alemanias, el Parlamento, con su cúpula de cristal que se puede ir bordeando en un paseo, los búnqueres (que merecen un post por sí solos) y cientos de impresionantes lugares más.

Aún conserva una gan cantidad de Muro. Los trozos de piedra que se venden en las postales son de Taiwan. Pero todo el perímetro del Muro está de algún modo señalado, para que a nadie se le olvide lo que significó. Es emocionante cruzar la línea con un sólo paso cuando muchos otros antes murieron al intentarlo.

La Segunda Guerra Mundial está muy presente en muchos lugares de la ciudad, al igual que el recuerdo de la barbarie nazi contra los judíos.

El museo de Pérgamo es una pasada si te gusta la cultura helénica, alAñadir imagen igual que el busto de Nefertiti expuesta en el museo egipcio y la catedral protestante es bella por dentro y por fuera. Recomendable un paseo en barco por el río y, por supuesto, la cerveza acompañada de grandes salchichas.










Absolutamente recomendable visitar Berlín, una capital de primera línea, una ciudad hecha para ser disfrutada. Lo dicho, me encantó Berlín.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Auschwitz

Estuve en Auschwitz.

Por el camino, la mirada perdida por el paisaje polaco a través de la luna del vehículo, trataba de mentalizarme sobre lo que me iba a encontrar. Como es fácil imaginar, fue del todo imposible.

Al llegar al complejo, adquirimos las entradas y tomamos el receptor de audio y unos auriculares con los que escucharíamos las explicaciones e indicaciones en español por parte del guía.

La guía resultó ser una mujer de unos treinta y tantos, muy delgada, con unos ojos azules clarísimos y una voz dulce y triste. Tras las instrucciones técnicas precisas sobre el material de audio, comenzó la visita.

Yo tenía la garganta atascada, sufría fuertes palpitaciones y todavía no había empezado el recorrido.


Lo primero que muestran, y por donde se pasa inevitablemente, es la entrada al campo, con el arco metálico en el que se puede leer, en alemán, "El trabajo os hará libres". A partir de ahí, el alma no se recupera, contraída en el rincón más recóndito del cuerpo, suplicando por no ver ni oir lo que los ojos y los oidos recogen y que, ahora, soy incapaz de narrar o describir.


Ni me atrevo. Al menos, hasta que el tiempo me permita digerir semejante impacto emocional. Recuerdo las palabras del conductor de nuestro coche cuando salimos del campo, en silencio, pálidos, todavía con las heridas abiertas por las lágrimas en nuestras mejillas. Dijo: Are you shocked? Era la descripción exacta. Estábamos en estado de choque.


Mi mujer me preguntaba sobre qué podría escribir yo acerca de esta traumática (aunque debiera ser obligatoria para todo ser humano) experiencia. Lo único que me atrevía a pensar era que escribiera lo que escribiese, sólo podría tener un verbo, el verbo "ser" y mis impresiones serían nada más y nada menos que un listado de las cosas que fui y soy al recordar cuanto tuve la oportunidad de conocer en el campo de exterminio de Auschwitz.


De aquel impacto emocional, que, por supuesto, cambió mi concepto de la vida entre mis semejantes y dessemejantes, surgió este "Himno de los ausentes".

Himno de los ausentes





Soy un nombre, Auschwitz,
soy sus letras,
de la A a la Z,
analogía del todo porque todo soy,
el significado de su unión como palabra,
el dolor de su asociación.
Soy "El",
soy "trabajo"
soy "os"
soy "hará",
soy "libres".
Soy el impacto de su perversidad.
Soy la tierra bajo el arco de metal,
cada grano de ella.
Soy el barracón,
soy todas las habitaciones,
cada ladrillo,
cada teja,
cada cristal de ventana,
cada rayo de luz a su través.
Soy cada catre,
las mantas espeluznantes,
cada uno de sus hilos,
cada madero,
cada travesaño,
cada una de sus astillas.
Soy cada zapato, cada bota,
su tacón roto,
su puntera doblada,
los pies imaginados,
los pasos dados,
las suelas gastadas,
los veinte mil pares como hermanos,
hacinados,
repudiados, pisados.
Soy cada lente,
cada monóculo,
todas las gafas
como ojos ciegos arrancados
y los cepillos de dientes,
cada púa, rota.
Soy las maletas,
las direcciones blancas de tiza,
calle, número, ciudad,
nombre, apellidos,
cada trayecto de sus esquinas reforzadas,
cada asa, cada mango,
cada huella de mano,
cada hebilla cerrada.
Soy el pelo,
todo el pelo,
toneladas de pelo,
las alfombras de pelo humano,
las camisas de pelo humano,
el pelo rubio y el moreno,
el mismo color gris para todo el pelo.
Soy la urna de pelo.
Soy las fotos de los rostros,
los retratos de dolor,
los de horror,
los de rabia,
los de miedo.
Soy sus ojos, sus miradas a la cámara,
soy sus ojos, sus pupilas, sus iris,
sus despedidas,
sus últimos recuerdos felices,

sus labios, sus besos,
sus dientes.
Soy la mujer coqueta sonriente,
soy la mujer vieja, la joven
y la niña.
Soy el hombre,
su cabeza sin cabellera,
su ira, su desprecio, su cobardía,
su valentía.
Soy su dignidad aniquilada,
soy su honor,
su protesta y el dolor de su castigo,
soy su ignorancia,
la ceguera voluntaria de su ignorancia,

su gregarismo,
soy uno más de la fila.
Soy la celda,
la celda de castigo,
la celda de más castigo,
soy el cubo de la mierda,
soy el cubículo minúsculo,
soy la postura erguida,
soy la musculatura retorcida,
soy su oscuridad profunda,
soy la cucaracha rastrera,
soy el tiempo congelado entre gemidos,
entre alaridos,
la incertidumbre,
el miedo a morir,
el miedo a morir solo.
Soy el huérfano,
la viuda,
la huérfana y el viudo.
Soy el verdugo,
el rostro sonriente del verdugo.
Soy cada pariente
y todos los parentescos
y el amigo
y también el enemigo.
Soy el delincuente vigilante,
el preso abusador
y su despiadado abuso
y la orden tajante
y la voz estridente de la orden tajante
y la violación impune
y el hambre
y la sed,
la enfermedad,
el intestino vacío,
el parásito y la diarrea.
El insulto soy,
la blasfemia,
la oración,
la bofetada,
el tiro en la frente,
la bala,
la pólvora de la bala,
el gatillo,
el dedo en el gatillo,
la patada en la boca,
el escupitajo,
el charco de escupitajos,
de vómitos,
el montón siseante de andrajos.
Soy el letrero de aviso,
la calavera y las tibias,
el alambre de espino,
cada púa de espino,
la electricidad intermitente,
la duda eléctrica.
Soy el jefe del campo,
el alto oficial de alto rango,
su vivienda de lujo al otro lado del bosque.
Soy su esposa
y sus hijos
y sus graciosas mascotas
y sus desayunos con zumo
y su almohada de plumas.
Soy su reposo
y su conciencia.
Soy su estilográfica,
su firma.
Soy el taconazo a su paso,
su gorra de plato,
su cruz de hierro,
su sentido del deber.
Soy su acatamiento.
Soy sus escrúpulos,
su falta de escrúpulos.
Soy la garita
y el centinela.
Soy su vigilancia
y su sueño nocturno.
Soy su misión y su cometido,
su ausencia del frente de batalla,
soy su carta a la esposa,
soy la foto de su novia.
Soy su trago de saliva,
su disparo certero,
su compasión,
su desprecio.
Soy el fugado.
Soy la represalia.
Soy cada décimo prisionero,
soy el noveno y el undécimo.
Soy el recuento,
soy las horas en pie,
el alba helada,
el crepúsculo gélido,
soy el desnudo en formación,
el desnudo aterido, entumecido,
el desfallecimiento.
Soy la horca del escarmiento,
la cuerda,
el nudo, el crujido del cuello,
la lengua gorda y fuera,
la meada moribunda,
el testigo,
el compañero testigo,
soy el siguiente.
Y soy el tren,
el maquinista,
el vagón miserable,
invisible,
el convoy invisible,
el mal olor a sudor y pavor,
la mano flácida entre las rejas,
el rail, el travesaño, el clavo,
el último tramo.
Soy el cambio de aguja,
soy el operario del cambio de aguja.
Soy a la derecha o a la izquierda.
Soy el destino resultante,
el destino consecuente,
la muerte ahora, la muerte más tarde.
Soy el descargador,
soy los gritos del sargento,
los culatazos del fusil,
las patadas de la bota,
las bromas,
soy la amabilidad engañosa,
soy el hombre por aquí,
la mujer por allí,
el niño con ella,
el hatillo de ropa.
Soy la columna desdichada,
el examen médico,
el diagnóstico,
el más afortunado,
el más desgraciado.
Soy el médico,
su dedo índice,
su ojo clínico,
su juramento de Hipócrates,
el lápiz, la libreta,
el número,
la piel con el número.
Soy la estufa sin carbón,
el hueco negro de su canal frío,
la litera,
la chimenea,
la ducha,
la gran mentira.
Soy la ropa a un lado.
Soy el paso descalzo,
el titubeo,
el pudor,
soy el aseo mentiroso.
Soy el gas mortal.
Soy el Ciclón B, la etiqueta comercial.
Soy la tapa de la lata,
la lata llena,
la lata vacía.
Soy el reciclaje del metal,
la mentalidad del ahorro.
Soy la lluvia letal.
Soy la certeza en el postrer momento,
el fin de la duda.
Soy la húmeda muerte,
los gritos,
la desolación,
la angustia paralizante,
las manos crispadas a lo alto,
los abrazos,
los abrazos buscados,
los abrazos encontrados,
los abrazos vacíos,
los abrazos fallecidos,
los fallecidos abrazados,
los montones de bultos,
desnudos.
Soy el aliento último,
soy la mirada vacía,
la lágrima tardía,
el goteo del difusor.
Soy el cuerpo,
cada cadáver cadavérico,
cada escuálido tatuado miembro,
cada nombre y su eco infinito.
Soy la carretilla con despojos.
Soy la llama,
soy la leña, la puerta del horno,
el cerrojo.
Soy el olor a quemado,
el humo negro,
la columna ponzoñosa.
Soy la solución final.
Soy la puta solución final.


Soy los ausentes.
Cada una de sus presencias.
Soy la atrocidad,
la festividad infernal.
Soy el recuerdo
y soy el olvido.
Soy todos ellos.
Soy el muerto,
el superviviente.
Soy el superviviente muerto.
Soy los muertos. Soy los vivos.
Soy judío.

martes, 8 de septiembre de 2009

Mina de Sal de Wieliczka

Estuve en la Mina de Sal de Wieliczka.

En las proximidades de Cracovia (Polonia) se encuentra una instalación minera de sal espectacular. Con más de 300 km de longitud y una profundidad de 327 metros, alberga en su interior todo un mundo construido en sal. Talleres, túneles, bóbedas, capillas, entre las que destaca la de Santa Kinga, un increible templo en el que actualmente se ofrecen servicios religiosos y culturales.

En su interior el microclima es altamente terapéutico (de hecho se realizan tratamientos) dada la puerza de su aire.

La visita es obligada. Sólo puede realizarse con guía especializado y para comenzar se descienden 380 escalones (64 metros) por una angosta escalera. El recorrido termina a 135 metros de profundidad, de los que se asciende por un minúsculo ascensor en el que se aprietan nueve personas (la guindilla para un claustrofóbico que se atreva a realizara esta excursión).


Declarada Patrimonio Natural y Cultural de la UNESCO, no me importó lo más mínimo ser uno del millón de visitantes que recibe al año, y eso que los espacios minúsculos me ponen algo nervioso.

Se puede pasar la lengua por las paredes. Va con los escrúpulos de cada cual.