jueves, 25 de noviembre de 2010

Abu Simbel

Mi mujer está sentada en una tumbona en la cubierta del barco, navegando en plácida travesía por el lago Nasser. Veo su perfil y es inevitable pensar en la elegante esfinge que, aunque inmóvil, todo parece verlo: este brumoso cielo azul, la cercana línea del rocoso desierto, el intenso gris de las aguas del lago y el inminente descubrimiento personal de Abu Simbel.

Las páginas que ella lee, ambientadas en un momento concreto de la Historia de Brasil, se hermanan con las páginas que contemplo con mis ojos en mi correspondiente punto histórico de Egipto. Así, el globo terráqueo se confunde, se funde y se convierte en lo que no debe dejar de ser nunca: unidad... verdad.

El inicio de la travesía, de un viaje, no atrae con tanto poder como la llegada al destino, el momento culminante y espectacular. El fin es el atributo; el comienzo es la anécdota, aunque sin viaje esos dos momentos no existirían.

A lo lejos se adivina, en una mancha más clara del horizonte lo que promete ser una formidable sorpresa. Y resulta ser una promesa incumplida porque "formidable sorpresa" no alcanza a describir la majestad del encuentro con Abu Simbel.

2 comentarios:

  1. Es un lugar que me ha llamado mucho la atención y nunca he estado. ¿Es tan impresionante?
    Un saludo

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  2. Ya lo creo que es. Pero con una condición: tienes que llegar allí en barco, viéndolo crecer según te acercas, apreciando así su verdadera majestad. Desde tierra es un golpe a la vista el que te das al reodear la montaña que lo contiene en un efecto que debe impresionar, pero no tanto como desde el barco. Eso sí, el barco condiciona un poco el viaje, pero el crucero por el lago Assuan supone unos días de relajo a través de un enclave maravilloso. Altamente recomendable, aunque no estos días. No sé qué va a pasar con tanto lío en Egipto.

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