viernes, 12 de noviembre de 2010

Egipto: Las Pirámides

Las Pirámides se recortan contra un cielo gris, asfixiante de tan contaminado. Es el cielo de El Cairo (sorprende lo cerca que están de la ciudad, una ciudad que avanza vorazmente). Resulta chocante como estas estructuras piramidales, tan sólidas y elegantes, parecen fuera de lugar entre tanto autocar repleto de turistas ansiosos por subirse en sus pétreos lomos, por hacerse fotografías en perspectiva para dar ilusión de que son un juguete, como esas piezas geométricas con las que los niños pequeños aprenden las formas y a coordinar sus torpes movimientos.

Hay preparados miradores para los mirones donde no se esconde la basura y ejércitos de agresivos vendedores exhiben sus mercancías de dudosa calidad.

Apenas hay tiempo para pensar en lo que se hace o se ve en aquel confín de la Historia con mayúsculas. El acuciante horario de la visita, el turista que te precede y el que te sigue no te permiten situarte en el momento presente. Sólo actúas; después reflexionas sobre lo actuado.

Penetro en una de las pirámides por un conducto muy estrecho. Llevo la espalda encorvada unos 90 grados. Hace un calor tremendo en la galería. Bajo hipnotizado por los listones de madera que ejercen de peldaño. A pocos centímetros de mi cara, el culo del turista que tengo delante. El que tengo detrás tiene el mío como paisaje, un buen primer plano supongo. Trato de no pensar en mi claustrofobia. Es como no querer pensar en un elefante blanco. Y sigo bajando y bajando, diríase que al infierno, de tanto calor como hace en el estrecho túnel.

Me adentro en las entrañas de piedra de la colosal tumba, aunque sé que al fondo no hay ningún faraón enterrado, ni hay fabulosos teosoros junto a su sarcófago. En realidad, no hay nada. No alcanzo, pues, a imaginar la ansiedad del primer saqueador de esta prodigiosa estructura.

En cuanto puedo, doy la vuelta. sudo a mares. Salgo al aire libre. Casi parece que hace fresco. Aún no soy consciente de que he penetrado en el secreto milenario, la gruta escondida, el refugio de la memoria. No he captado ninguna energía especial y no me siento afectado por maldición alguna. Cuando caigo en ello, reconozco que no he hecho sino lo que tantos otros: mancillar lo que se construyó para no ser mancillado.

Me alejo de ellas. Ahora las veo en una amplísima panorámica. Las Pirámides de Egipto. Tengo la certeza de que no les gusaría ver en lo que se han convertido. Pero siguen siendo tan hermosas...

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